jueves, 28 de agosto de 2008

Aquel fin de semana me despertaba a horas inusuales a abrir la heladera e ingerir cualquier cosa: no distinguia entre lo dulce o lo salado, lo frio o lo caliente. Todo me daba lo mismo, necesitaba llenar con comida el hueco que sentia adentro. Y mientras esperaba que se hicieran las tostadas, comia un chocolate amargo; mientras les ponia manteca a los panes, tomaba cafe y gaseosa light; todo me daba lo mismo. Necesitaba comer, tener cosas en la boca y masticar y sentir el gusto de la comida de nuevo y masticarla a Romina, despedazarlo a Alejo y tragarme a Homero. Despues de un rato, me di cuenta que ya no quedaba nada dentro de mi y un gusto acido me llenaba el cuerpo de soledad otra vez.